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Como era de esperase Pablito Lozano se mete en un tema, se enrieda, se tropieza, culpa a medio mundo y no aclara un zorcho. Ah, para variar le hecha la culpa al reformismo. Trate de perderse esta nota.

Uno de los triunfos de los que pueden jactarse todos esos que buscan deformar definitivamente cualquier tipo de idea que realmente tenga oportunidad de generar cambios, es el la penetración del sistema, transformar la revolución en reforma, penetrar nuestras ideas en sus ideas, de sus formas y sus objetivos dentro del ideario pseudo-progresista que ha devenido -tristemente- en una posmodernidad que repugna y lucha por un “mejor statu-quo”. Ahí en medio se inscribe una serie muy peligrosa de mezcolanzas que hoy se autodenominan de izquierda (y algunas incluso tienen el descaro de presentarse como “ultras”). Con el paso a clandestinidad de los ideales revolucionarios, de la lucha por la toma del poder y la aparición de formas de anulación (antes que de desaparición) de las ideologías, aparecieron por vía del reformismo ciertas puertas para una “mejor” participación en el sistema, de formas ideológicas que -por base- luchan en su contra. Lo loco de todo esto es que muchos creen que verdaderamente están llevando harina a su costal logrando así una especie extraña de colaboración revolucionaria con la reforma y buena salud del sistema (contra el que creen luchar). Así es que los obreros de fábricas recuperadas (o sus dirigencias) luchan primero por su expropiación (o sea, que vaya a las arcas del estado y sea administrada por un gobierno) y luego por su reinserción en el sistema que las expulsó (esto es: vuelta al capitalismo) y de esa manera seguir colaborando con el estado de bienestar (que ya no existe) y poder generar el derramamiento keynesiano (hoy más neo que nada) que mejore el consumo y así la circulación de fondos (cosa que sigue beneficiando a los mismos de siempre). Todo esto en nombre de “la revolución” (vaya a saber uno de qué revolución hablen). Tal vez es la revolución de la revolución, una en la que internamente se revolucione lo revolucionario para transformarlo en contrarrevolucionario mantenido en nombre de la revolución. Entre los grupos que (esperemos así sea) colaboran con el sistema sin saberlo están los “de la diversidad”, buscan que el sistema los acepte, que los incluya, cosa a todas vistas criticable, porque la lucha debería estar orientada en demoler el que existe y construir el propio (ese que dé posibilidades de existir, permanecer y desarrollarse a todas las personas, no “a la mayoría”, mucho menos a los “unos pocos”). Pero no, hoy se lucha para que el señor estado (organizado de manera tal que pueda autoreproducir sus instituciones, el sistema y el desnivel económico, social, de poder, y de lo que se nos ocurra) los absorba, los reconozca, los tenga en cuenta, todo esto se completa además por vía de un pseudo idioma separatista, que apunta al divisionismo marcando diferencias, entonces hoy, no tenemos “personas” excluidas, sino que tenemos “hombres y mujeres excluidos”, si los niños y los ancianos tuvieran poder y formas de organización políticas firmes, estarían también en lucha para que se los reconozca, y tendríamos “niños y niñas, ancianas y ancianos excluídos”, ¿Todo en pos de qué? De que se los nombre, como si con mentarlos se resolviera la denominación machista y el patriarcado, como si no hiciera falta otra realidad, sino que bastara con la existente con un par de ajustes. Me pregunto cómo hacen los grupos sajones para mencionarse en perspectiva de género, y porqué nuestros (y nuestras, si le gusta) militantes (y militantas) no buscan un género neutro para hablar de las personas.  Estamos desde hace unos años asistiendo a una confusión general de la que nadie escapa (nosotros tampoco, sino, mire nuestra nota de tapa, y notará de qué le hablo) en la que se confunde el mundo que queremos con el mundo que tenemos. Y se abandona de manera traicionera e inconsciente (porque sino me tengo que subir en el tren de los cómplices, y la verdad no me gustaría) la lucha por el cambio para sumarse a la lucha por la aceptación, hoy señores (que me puteen las señoras que creen que no me dirijo a ellas, también los viudos, viudas, señoritas y señoritos, y la mar en coche) los que “somos diversos” no queremos cambiar el mundo, porque creemos que no hay instituciones, poderes, grupos que nos molesten, mucho menos iniquidades ni injusticias, lo único que está sucediendo es que no nos sentimos parte, y queremos ser parte, y para eso estamos dispuestos a abandonar TOTALMENTE cualquier lucha, sólo queremos más de lo mismo, pero con nosotros dentro. Los diversos no son los iguales, y francamente esto me tiene las pelotas llenas. La lucha en lo simbólico que representa cualquier batalla política y cultural debe estar destinada a echar por tierra lo injusto y crear lo justo. No es menor, puesto que será esta nuestra plataforma central y principal, aquel otero desde el que nos movemos. A menos que nuestro interés principal sea mantener este sistema. No me olvido de las coyunturas, de que existe una necesidad hoy y aquí. Pues hoy y aquí debemos entonces comenzar rompiendo inmediatamente todos nuestros vínculos con el sistema, para eso tenemos que notarlos (tarea no menor ni sencilla, ni simple) pero bajo ningún concepto debemos pensar en la quietud que significa la simple reforma, el simple reacondicionamiento de lo existente que hoy se implementa como bandera. Nuestra primer ruptura debe ser la simbólica en nosotros mismos, para poder encausar el aquí y ahora, el día a día de las luchas y militancias, desde una cosmovisión diferente que nos permita construir un mundo diferente. Si nuestra búsqueda es la inclusión, pues deberemos crear un sistema que no permita la inclusión, pero no mediante prohibiciones de la exclusión, sino que por propia naturaleza la imposibilite. Si miramos hacia adelante y caminamos hacia un mejor sistema, en el mejor de los casos tendremos un sistema donde “todos“ somos pasibles de la injusticia, pero ésta está prohibida (cosa extraña). Y si nuestra batalla es simbólica, pues vaciemos de sentido a las instituciones del sistema y llevémoslo a donde pueda servirnos. No es imposible derruir los íconos de los que se nutre esta maquinaria, más en sociedades con instituciones débiles. Porque se colabora con el sistema, se lo “mejora”, se lo hace más bello, no se lo cambia, y éste -no lo olvidemos- es un sistema que genera esto contra lo que decimos estamos peleando ¿queremos ser parte para luego poder pelear para que se nos incluya nuevamente? Entonces le reclamamos a nuestro sistema legal que reconozca primero el derecho de unos pocos a ser pocos, la exigencia de centrar la sociedad en átomos con derechos (esos que se reúnen en asociaciones, como los drogadictos, las mujeres, los usuarios de software libre, etc), antes que el derecho de todos (donde todos es uno), porque pedimos a nuestro estado que nos atomice, para poder estar cómodos, acá no importa si se casan dos personas que se quieren o que quieren estar casadas, sino que importa si son un hombre y una mujer, dos hombres o dos mujeres, o un esquimal con un parabrisas. Y todos los que lo hacen, lo hacen “en contra del sistema“. Se lo digo yo, que escribo en internet.
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nuevo seguidor
un mail de un copañero de solar.org.ar, y me gusto mucho, asique ya los agregue
en mi feed reader, y pueden ...
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ES UNA LUCHAAAAAAAA - Hola Daniel, mi nobre es Juany. Muy copada la postura,
que está como metidita de cajón en tu nota, pero está bueno que sea así. Sabés
lo que pasa, que cada vez que ...
Muy buen artículo - Lindo....enredado pero lindo. Propio de nuestro
sistema......sistema que nos representa en tanto argentinos que somos. Nadie
duda que somos fruto y nutriente de las co...